La transición energética refiere a un cambio significativo en un sistema de energía que podría estar relacionado con un factor o con una combinación de factores tales como estructura de sistema, escala, economía y política energética; generalmente se define como un cambio estructural a largo plazo.
Históricamente, las transiciones energéticas constituyeron en general eventos prolongados que se desarrollaron durante muchas décadas. Esto no se aplica necesariamente a la transición energética actual; que se desarrolla bajo políticas y condiciones tecnológicas muy diferentes. La transición de un sistema energético a otro afecta a 3 aspectos fundamentales: la tecnología, las infraestructuras y la distribución de la nueva energía.
La transición energética actual surge por la necesidad de acciones climáticas para mitigar el calentamiento global. Para mantenerse dentro de los 1.5 °C que propone el Acuerdo de París, es necesario detener las emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2040 o 2050. Esto implica descarbonizar los sistemas energéticos, es decir, abandonar los combustibles fósiles como el petróleo, el gas natural, el lignito y el carbón, y reemplazarlos por fuentes que no generen o generen bajas emisiones como el combustible nuclear (uranio) y las fuentes de energías renovables (eólica, hidroeléctrica, solar, geotérmica, marina, undimotriz, entre otras).
Esta transición responde a retos medioambientales, de salud y económicos, cambiando los modelos de producción y distribución de la energía hacia una energía cada vez más verde y menos contaminante; promoviendo también una transición social en la que se consuma menos energía (reducción del consumo).

